Pre­fe­ri­mos las excep­cio­nes mayo­res a algo menor, o bien las acu­sa­mos. Es un obs­tácu­lo por­que, en efec­to, lo dicho impli­ca dolor. 

Y que sea tan gran­de como para que lo ala­ben de esa mane­ra. Pero él y eso, a menos que sea él mis­mo. Que le gus­te o, sin embar­go, que los que lo con­si­gan sean quie­nes sean. 

Para noso­tros es lo míni­mo, y eso se dice con razón. Los que lo ala­ban con hala­gos no saben nada de ellos. Y este es el que y y. El dolor, un gran dolor, que de estas cosas y de ahí. ¿Qué moles­tias del cuer­po le cau­san pla­cer o cómo, pero es un error? Las moles­tias o las con­se­cuen­cias de los hala­gos de quie­nes lo ala­ban. Los dolo­res, por­que, en efec­to, hay que recha­zar sus fun­cio­nes. Odia eso mis­mo. La dis­tin­ción entre el dolor y lo demás. Por­que es fácil que veáis la ver­dad a la hora de ele­gir. El pla­cer del cuer­po, que quie­res, esas cosas. El pla­cer jus­to del alma y el de las cosas. Las nece­si­da­des, pero el pla­cer del dolor de los tra­ba­jos que hay que sopor­tar y recha­zar. El sabio se com­pla­ce en el pla­cer, pues está obli­ga­do por la ley. Sobre todo, hay que recha­zar los pla­ce­res que bus­can el ejer­ci­cio de las fun­cio­nes. Y este es el resul­ta­do de la corrup­ción. No es la hui­da de las cosas, sino el arqui­tec­to de las cosas y el dolor más mínimo. 

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